A donde va La Copa del Mundo después del Mundial

Una vez que la Copa del Mundo es entregada el dia de la final al nuevo campeón, esta viaja junto al pantel hacia el país vencedor para ser exhibida en los festejos.

Luego de unos días, casi al mismo tiempo que los jugadores retornan a sus equipos y con fecha desconocida por motivos de seguridad, el trofeo viaja hasta el pequeño pueblo de Paderno Dugnano en las afueras de Milán, al norte Italia.

En Italia la compañía local GDE Bertoni, es la que se encarga de limpiar, pulir y restaurar por 2 semanas la Copa, antes de ser devuelta a la sede de la FIFA en Suiza, donde permanece hasta una nueva Copa del Mundo.

(puedes leer aquí: Como se fabricó la Copa del Mundo Actual)

Las dos líneas de malaquita (material de color verde que decora el trofeo casi en su base) son reemplazadas y el nombre del flamante campeón es grabado en su propio idioma sobre la base.

(puedes leer aquí: La historia del Trofeo de la Copa del Mundo Actual)

Es esta misma empresa, la que también se encarga de fabricar las réplicas que se les entregan posteriormente a los campeones, compuestas por una mezcla de cobre y cinc, bañadas con tres capas de oro.

(puedes leer aquí: La historia de la Copa Jules Rimet – El Primer Trofeo de la Copa del Mundo)

El Trofeo de la Copa del Mundo Actual

Justo después de que la primera Copa del Mundo, la Copa Jules Rimet, fuera robada en dos oportunidades, la FIFA decidio crear una nueva figura para la Copa del Mundo, hecha de oro de 18 kilates y una base de malaquita para ser levantada por primera vez por Franz Beckenbauer, el capitán alemán campeón en Alemania 1974.

Puedes leer aquí: como fue robada por primer vez, y la ayuda del perro Períkels.

Puedes leer aquí: como fue robada por segunda vez, y cual fue su final.

A diferencia de la anterior, que era de plata y enchapado en oro, la nueva Copa del Mundo está conformada por dos materiales costosos, un 75% de oro y el restante de malaquita, pesando alrededor de 6 kg. Fue diseñada por Silvio Gazzaniga y producida por Bertoni, Milano (GDE Bertoni).

“Quería que el trofeo transmitiera poder y energía, y que su solidez y líneas marcadas evocaran dinamismo. Esta copa tiene su propia personalidad”, aseguró su creador una vez finalizada la obra.

Conoce aquí: la historia de Silvio Gazzaniga, el diseñador de la Copa del Mundo

La nueva Copa del Mundo

Representa a dos figuras humanas recibiendo portando un globo terráqueo
sobre sus hombros. Actualmente está valuado alrededor de los 250 mil dólares.

El trofeo tiene la inscripción visible “FIFA World Cup” (Copa Mundial de la FIFA) en su base. Los nombres de los países que han ganado cada torneo están grabados en la base, por lo que no son visibles cuando éste está colocado verticalmente.

Hasta el 2014 los nombres de los campeones se alineaban verticalmente
pero se cambió debido a la falta de espacio.

Se estipula que en la Copa del Mundo 2038, ya no habrá más lugar libre, debiendose crear seguramente un nuevo trofeo.

Mide 36,8 cm de altura con una base de 13 cm de diámetro y para cada nueva edición de un Mundial, es transportado dentro un avión especial de la FIFA junto con su estuche especial, considerando su seguridad y el hecho de que sólo la pueden tocar los campeones del mundo y Jefes de Estado.

Puedes leer aquí: La historia de la Copa Jules Rimet – La primera Copa del Mundo.

Cada cuatro años, Coca-Cola, en calidad de sponsor oficial, se encarga de realizar un tour mundial con la Copa, permitiendo su llegada a millones de aficionados por todo el planeta, teniendo todos los recaudos necesarios para que no le pase nada.


De Prisionero de Guerra a Campeón del Mundo

Fritz Walter, “el hechicero”, capitán de la Alemania Federal poco antes de ser campeón del mundo en el Mundial de Suiza 1954, paso por momentos muy duros durante la II Guerra Mundial.

Fritz Walter habia sido reclutado por el Ejército nazi para la tarea de paracaidista. Fue capturado y puesto prisionero de guerra pasando sus dias en el campo de concentración de Marmaros-Sziget. Allí, Fritz Walter pasaria sus escasos momentos libres jugando al fútbol con los soldados húngaros y eslovacos mientras vigilaban a los presos alemanes.

Cuando los fuerzas soviéticas tomaron el poder del campo de concentración, llevaron a todos los prisioneros de guerra alemanes a un campo de trabajos forzosos en la Unión Soviética, donde la esperanza de vida era de unos cinco años.

Allí, uno de los soldados húngaros que había visto jugar al fútbol a Fritz, les mintió a los jerarcas soviéticos afirmando que Fritz no era alemán sino austriaco.

Luede de finalizada la guerra, enfermo de malaria, Fritz volvió a jugar el deporte que le salvó la vida en el único equipo en el que jugó durante toda su carrera, el Kaiserlautern, ganando dos Bundesligas en 1951 y 1953 y ganándose la confianza del técnico Sepp Herberger en la selección de la Alemania Federal.

Fritz llega al Mundial de Suiza con 34 años de edad, era la esperanza de un país, por aquel entonces, sin tradición futbolística sumado a la malaria que lo debilitaba esporádicamente.

Pese a esto, supo liderar a un equipo que entraria en la historia del fútbol mundial en el famoso “Milagro de Berna” proclamandose campeón del mundo tras vencer a Hungría, curiosamente el país que salvo su vida durante la II Guerra Mundial.

(puedes leer aquí: la historia del Milagro de Berna)

Finalmente fallece el 17 de junio de 2002 a los 81 años mientras dormía en su propia casa,

El Milagro de Berna

“El Milagro de Berna”

La final de la Copa Mundial de Fútbol de 1954 entre Alemania y Hungría, se disputó el 4 de julio en la ciudad de Berna, Suiza. Esta partido quedó inmortalizado como “El Milagro de Berna”.

Subestimada Alemania, (como lo fuera cuatro años antes Uruguay en la final de 1950 ante Brasil, el famoso maracanazo) en la final de 1954 se esperaba la consagración de Hungría ante 50.000 espectadores el día 14 de julio, en el estadio de Berna.

Los estadios suizos eran pequeños, aunque siempre fueron ocupados por completo y el alto costo de las entradas iba a asegurar la financiación del torneo.

(puedes leer aquí: La historia del Maracanazo)

Puskas, el delantero húngaro cuya presencia fortificabaa anímicamente a su equipo, salió a jugar el partido contra la opinión de los médicos. Puskas puso en ganancia a Hungría 1 a 0, a los seis minutos, y volvió a sentirse. Hungria dominaba y, lanzada siempre al ataque, aumentó mediante Czibor, a los ocho del primer tiempo…… 2 a 0

Fritz Walter recibiendo el Trofeo de la Copa del Mundo Suiza 1954

Pero la tenacidad de los alemanes era como su condición fisica, a toda prueba. Morlock anotó enseguida a los ’10 y Rahnn igualaba el marcador a los ´12….. 2 a 2

Los húngaros ajustaron en la segunda parte la presión sobre el arco de Turek el arquero alemán que respondía sin embargo con seguridad.

Finalmente faltando cinco minutos para que termine la final del Mundial de Suiza 54, un contragolpe alemán obligó a Boszik a una salida en falso, La pelota fue hacia Schaefer, el cual realizó un centro hacia el delantero Rahnn para marcar el agónico 3 a 2 que daria el triunfo a Alemania y el comienzo de la leyenda “El Milagro de Berna”.

Estimulados por la fuerza de Puskas, que se sobreponía a su lesión, en la última jugada del encuentro, los húngaros cargaron sobre la zona de peligro alemán hasta que Puskas marco el gol del empate que luego seria anulado por off-side y decretado el término el partido consagrando a Alemania como Campeón del Mundo 1957.

La federación alemana de fútbol, que en ese tiempo era tan austera como la vida en su país, recompensó a los campeones con un premio exiguo, 2.000 marcos, siendo su capitán Fritz Walter una de sus grandes figuras, siendo poco tiempo antes prisionero de guerra.

(puedes leer aquí: Fritz Walter, De Prisionero de Guerra a Campeón del Mundo)

Desde entonces, Hungría no ha vuelto a tener un fútbol de tanta calidad como el de los fantásticos concertistas de Gustav Szebes.


El Maracanzo de 1950

Los ingresos económicos del Mundial de Brasil en 1950 fueron cinco veces más que los del mundial de Francia en 1938. Por estos años, el torneo estaba a las puertas de su era moderna.

Toda la atención internacional se centró la tarde del domingo 16 de julio de 1950, cuando las dos selecciones sudamericanas Brasil y Uruguay salieron a disputar la final de la Copa del Mundo.

Ya a las siete de la mañana una multitud intentaba entrar en el estadio, grupos de hinchas llegaban de todas partes la país acomañados de la música de carnaval. Todo era una fiesta, se desplegaban banderas, el único miedo que existia en el ambiente era el de no conseguir un buen lugar en el Maracana para poder distrutar de la victoria inminente.

El clima era tal, que solo el pueblo uruguayo soñaba con la posibilidad de amargarle la fiesta al dueño de casa.

Al público brasileño no le importaba en realidad que rival tenia enfrente, pues se creia que quien lo fuese estaría condenado de antemano. En ese ambiente de prematura celebración. sólo restaba conocer el tamaño de la probable goleada.

Las apuestas estaban 10-1 a favor de Brasil y poco menos que ese era el marcador que se aguardaba. Flavio Costa, el director técnico local, por el contrario, previno a sus jugadores del riesgo de subestimar a Uruguay. …. “Se equivoca quien espera un juego de exhibición -dijo Flavio Costa- porque será un partido duro'”.

Los brasileños, de pantalón y camiseta de color blanco, cuello azul y escudo de la CBD, se lanzaron en tromba sobre el arco de los celestes a la orden de comienzo de mister George Reader, el juez inglés.

En las tribunas, el ruido de los 200.000 espectadores, era ensordecedor. Era la primera vez que tantas personas se han reunido otra vez en torno de un partido de fútbol. Los uruguayos respondían a la constan te presión de Brasil estrechando marcas, hombre a hombre, y Máspoli, Rodríguez Andrade y Matías González superaban, extremándose, situaciones de riesgo creadas por Zizinho, Ademir y Jair en los primeros veinte minutos de juego. Era evidente la incomodidad de los estilistas brasileños por el rígido marcaje, que los ahogaba y les impedía desarrollar plenamente su fútbol.

Uruguay conocía muy bien el juego de Brasil, con el que se había enfrentado tres veces en el año por la Copa Barón de Río Branco, con dos derrotas y una victoria. El saldo no podía considerarse negativo para los celestes, que fueron siempre visitantes y anotaron
sólo un gol menos que la selección brasileña.

Tenían instrucción de cerrarse sobre su última línea, y así lo hacían, con Julio Pérez y Schiaffino colaborando en la defensa.

Pero Uruguay era ambicioso; quería el título. “Si jugamos con miedo, Brasil nos goleará, como hizo con Suecia y España” -dijo Obdulio Varela, el capitán uruguayo a sus compañeros, con su natural autoridad- “Ya jugamos tres veces con ellos y sabemos que en Montevideo o en terreno neutral les ganaríamos siempre. Asi que a jugar como sabemos, y a ganar, que podemos conseguirlo”.

Uruguay tenía desventaja de un punto, por su empate con España, y el 0-0 del primer tiempo, si bien mucho fortalecía la argumentación de Varela y desconcertaba a Brasil, no le podía significar en la práctica, de mantenerse hasta el final, más que una compensación moral por la pérdida de la Copa Rimet.

Uruguay tenia que ganar si o si.

En cuanto a los brasileños, no querían conceder a la celeste, ni el público lo admitía, la supuesta conformidad del empate- Ademir y Zizinho trenzaron una veloz combinación y, a los dos minutos de la segunda parte, marcaron el 1 a 0.

La selección celeste, lejos de decaer, y empujada por las voces de su capitán, adelantaba líneas en procura de la igualdad. Es así como en el minuto 67, Ghiggia, avanzó en campo brasileño y luego de eludir a Bigode, su marcador, el puntero amagó tirar al arco; pero envió pase hacia atrás. Schiaffino, que llegaba a la carrera, golpeó el balón con el pie derecho, colocándolo alto sobre la estirada del golero Barbosa. La final ahora estaba 1-1.

Catorce minutos más tarde se producía la jugada histórica, y mientras un sector del público parecía aceptar el empate, que bastaba a Brasil para ganar el título.

El deleantero uruguayo Ghiggia, que estaba intratable esa tarde, combinaba con Julio Pérez, desbordaba otra vez a Bigode y corría hasta la posición en que había centrado para el primer gol uruguayo. Barbosa titubeó, pues Míguez se internaba sin marcas, esperando el pase.

Pero Ghiggia vio un claro entre el primer poste y el arquero, disparó raso, para hundir la pelota en la red y decretar la remontada uruguaya por 2 a 1.

Barbosa (el arquero brasilero) tenía un talismán de la suerte, una muñeca que le había regalado su esposa y que siempre ponia en el fondo de su meta. El tiro de Ghiggia, que golpeaba mortalmen te la ilusión de Brasil, le dio de lleno. Barbosa, desolado, rompió la muñeca y la arrojó fuera del campo.

El tiempo restante fue de desesperada ofensiva brasileña y segura defensa uruguaya.

Alguien tuvo que darle a Jules Rimet el nombre de los jugadores uruguayos, pues en la lista original estaban los brasileños, a los que el presidente de la FIFA esperaba entregar uno a uno las medallas. Rimet, apareció en el campo de juego, y tan desconcertado como los jugadores y fanáticos locales, le entregó la Copa a Varela sin pronunciar ninguna palabra, y se alejó.

En medio de los festejos, los jugadores uruguayo quedaron muy conmocionados por el llanto y la tristeza que reinaba a su alrededor.

Brasil nunca perdonó a su arquero Barbosa, a quien culpó por la derrota, y su selección jamás volvió a vestir la casaca blanca que lució aquel 16 de julio de 1950.

Para el apasionado pueblo brasileño, esta tarde inmortalizada bajo el nombre de “maracanazo” fue la jornada más triste del siglo veinte, y tal vez, de toda su historia, incluso hasta hubo suicidios. Aunque muchos años después, la derrota ante Alemania en el 2014 por 7 a 1 , nuevamente en tierras brasileras, puede llegar a estar al mismo nivel de tristeza.

Para los uruguayos, no menos adictos a la religión del fútbol, la de mayor gloria. Uruguay ha otorgado su máxima admiración a los héroes del Mundial de 1950 que, junto a más antiguos campeones, los de Colombes, Amsterdam y Montevideo, el pais tiene por paradigma de una fuerza supuestamente esencial de su pueblo.

La camiseta blanca de Brasil.

La selección brasileña no volvió a jugar un sólo partido internacional. Recién el 28 de febrero de 1954 enfrentó a Chile en un partido clasificatorio para el Mundial del 54. Brasil ya sin la camiseta blanca, comenzo a vestir la actual, amarilla con el cuello y el ribete de las mangas verdes. Precisamente ése es el origen de que ahora a los jugadores de Brasil se les llame también los canarinhos.

Cuatro años más tarde, otra final de una Copa del Mundo, en este caso Suiza 1954, marcaria un hito en la historia del fútbol. La final que se tituló: “El milagro de Berna”

(puedes leer aquí: La historia del Milagro de Berna)