Alejandro W. Hutton, el Escocés que nos regaló la pasión por el fútbol

Bajo un cielo amigo y al amparo de leyes generosas, Don Alejandro Watson Hutton llega a Buenos Aires para dirigir la St. Andrew’s Scotch School.

El 25 de febrero de 1882 llegó a Buenos Aires un caballero escocés. Era uno de esos hombres alentados por ideales nobilísimos y estimulados por un inquebrantable anhelo de hacer bien.

Buenos Aires tenía 300.000 habitantes. La “Gran Aldea” estaba aún distante de la transformación prodigiosa que habría de convertirla en suntuosa Capital. Su progreso se bosquejaba, apenas, surgiendo en la mente de los hombres antes que en la realidad de los hechos. Nunca como entonces las generosas palabras del preámbulo -fuertes de unción y plenas de cordialidad parecían resonar como un himno al trabajo, a la paz, a la esperanza…

(Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.)

Era un joven misionero del saber el que venía a estas tierras, repleto su bagaje de ciencia y de ensueños. Llegaba en buen momento el extranjero ilustre de 29 años de edad, encendido el corazón de lealtad y llenas sus manos con la semilla fecunda y bendita apta para el campo propicio del estudio.

Había nacido en Glasgow el 10 de junio de 1853 y la renombrada Universidad de Edimburgo le había otorgado, junto con la alta y significativa recompensa de la medalla de oro, el muy honroso título de licenciado en letras (“Master of arts”).

Venía a enseñar este laureado en ciencias cuyo carácter estaba sabiamente modelado en las aulas del famoso instituto, y cuya vocación afianzada en su temple y en su carácter vigoroso, le prestigiaban con credenciales insuperables en la santa misión de la docencia ejercida con talento y con dignidad.

Venía a enseñar este adalid de la cultura -Don Alejandro Watson Hutton- a traer el aporte de su inteligencia “al mejoramiento moral e intelectual de nuestro país” y a incorporar los elementos necesarios para que la suya fuese una obra vasta y amplia, generosa contribución extranjera al progreso de la República.

Venía con paso firme y con el alma llena de fe y de fervor, este maestro insigne. Amplio horizonte se abría ante los ojos del autorizado forjador de caracteres, como si al recibir aquí la bienvenida con que los corazones argentinos ratifican en el abrazo cordial los alcances luminosos de la declaración inicial -rayo que alumbra pura y diáfana la senda desconocida- hubiese comprendido que al dejar para siempre al Glasgow de sus hondos afectos, no había equivocado el rumbo…

Venía a servir a nuestro país… Y lo sirvió con asombrosa eficiencia. con honroso desinterés, con patriótica constancia.

ASUME LA DIRECCIÓN DIE LA St. ANDREWS SCOTCH SCHOOL

Miembros de la actual Congregación de la iglesia Presbiteriana Escocesa, que reunía a los primeros colonos escoceses venidos al país por iniciativa de los hermanos Juan y Guillermo Parish Robertson, habían fundado en Buenos Aires, el 2 de abril de 1838, la St. Andrew’s Scotch School (Escuela Escocesa de San Andrés), en una reunión especialmente convocada con ese objeto por el reverendo William Brown, pastor de la precitada iglesia.

Trátase de la escuela particular más antigua existente en nuestro país; y al iniciarse sus cursos, exclusivamente reservados para niñas, el 1º de setiembre de dicho año, en una habitación contigua al templo en la calle Piedras 55, expropiado en 1893 para dar paso a la avenida de Mayo, sólo actuaban dos maestros: el pastor ya mencionado y su esposa; pero a partir del 1º de abril del año siguiente, al decidirse la inscripción de alumnos varones, el instituto comenzó a funcionar en su actual carácter mixto.

Después de cuarenta años de funcionamiento, “la colectividad escocesa resolvió modernizar la escuela y colocarla al frente de la educación británica en este país”, trayendo a Mr. Watson Hutton, “cuya fuerza dinámica revolucionó la educación británica en la Argentina”.

Merced a los buenos oficios del profesor Laurie, de la Universidad de Edimburgo, al cual la St. Andrews Scotch School le debía varias acertadas designaciones durante 25 años, fué contratado el señor Watson Hutton.

A principios de 1882 se recibió la noticia de este nombramiento, sabiéndose que el nuevo rector se había graduado con honores en Edimburgo; que era en esa época maestro en el Colegio George Watson, y que con él venía Miss Margaret Budge -más tarde su esposapara ocupar, ésta, el cargo de profesora principal.

“No puede menos uno que preguntarse qué habrá pensado de la ubicación e instalaciones de la antigua escuela escocesa Mr. Hutton, proveniente de una escuela histórica y de una histórica capital. Y eso sin hacer mención a la reducida cantidad de alumnos de que se disponía en un principio. No hubiese sido sorprendente que tanto él como Miss Budge hubiesen hecho nuevamente sus baúles y tomasen el primer vapor de regreso a su patria. Habla mucho a favor de su valor y su resolución el que hayan “aguantado” un par de años; y en cierto modo fué un desastre para la escuela que las circunstancias impidiesen a la Comisión (la que administraba el instituto) dar satisfacción a sus deseos”.

Antes de hacerse cargo de su puesto, el señor Watson Hutton, recibido en pleno por la comisión directiva, luego de habérsele dado la bienvenida en muy cordiales términos, hizo notar las dificultades que tenía para realizar una labor eficaz. Las instalaciones eran realmente precarias y el material de enseñanza muy deficiente.

El 17 de abril de 1882 el nuevo rector inició su tarea, en realidad, una nueva era en la vida del establecimiento. Se habían hecho reparaciones y ampliaciones en el local y se agregó en el plan de estudios la enseñanza del dibujo y del griego.

Al finalizar el primer año de su actuación y al celebrarse la asamblea anual en enero de 1883, “se expresó profunda satisfacción por los servicios de Mr. Watson Hutton y de miss Budge”.

Con todo, el eminente graduado de Edimburgo tuvo dificultades para hacer del instituto lo que él quería que fuese, y si bien es cierto que las autoridades escocesas le prestaron entusiasta apoyo, “fueron tan grandes esas dificultades que agotaron la paciencia de Mr. Hutton al cabo de dos años”. De allí que, cuando próximo a finalizar el contrato se les preguntó a él y a miss Budge si continuarían en la Escuela, ambos expresaron que daban por terminado su compromiso.

Al hablar del asunto con personas allegadas a la escuela, explicó que no podía hacerse ningún cargo concreto contra la comisión, pero dijo también que no recibió de ella el apoyo que tenía derecho a esperar; no aceptando por tal causa que se le subordinara a comisión alguna. Por consiguiente, había decidido organizar, al término de su contrato, una escuela superior, para la que se le habían prometido ya treinta alumnos. En la St. Andrew”s, en aquellos años, las clases eran demasiado numerosas “y no fué satisfecho su pedido de un gimnasio y un campo de juegos”, es decir, que se tronchaba una de las grandes ilusiones del docente, uno de los grandes auxiliares que él consideraba indispensable para impartir la enseñanza de acuerdo con conceptos y “moldes” bien definidos, “modernos”, acaso muy personales, con tendencias distintas, “más atrevidos” que los planes hasta entonces en boga.

La comisión comprendió, luego de hacer reparos a determinados cargos, que tanto Mr. Watson Hutton como Miss Budge “saldrían beneficiados con una escuela que dependiera de ellos solos, la que, por lo menos entonces, no tendría competencia, y en la que podría actuar sin trabas de otras personas, en lugar de hacerlo en un empleo a sueldo, bajo las órdenes de una comisión que entre sus objetivos tenía el de mantener el costo de la educación al nivel más bajo posible”.

Tal fué, la actuación del señor Watson Hutton en el primer colegio donde ejerció su apostolado en la República Argentina.

EL SOÑADO ANHELO

Va a cumplir el gran maestro, su soñado anhelo. El contacto inial con sus primeros alumnos en la República Argentina ha redoado la fuerza creadora con que tan brillantemente le capacitó la iversidad ilustre. Y a pesar de las diferencias entre aquel medio en donde transcurrieron los primeros años de su existencia, y este otro, de un país en los prolegómenos de su incipiente organización, formándose con dificultades, anheloso de incorporar todos los valores aprovechando ia fecunda experiencia de las antiguas civilizaciones, él entrevé magnificas posibilidades…

Ya se había encariñado con nuestro país. Lo mismo que muchos otros extranjeros que con tanto desinterés se convirtieron en factores indudables del progreso nacional, se radicó definitivamente aquí.

Le bastaron dos años de convivencia para que en su alma prendiese el más diáfano amor y la más decidida adhesión a la Argentina. Ya estaba identificado con ésta, que habría de ser su segunda patria; esta tierra que en el día venturoso del arribo y de las puras ilusiones, le esperó, generoso el corazón, abiertos los brazos, y que en la hora del postrer aliento, 9 de marzo de 1936, le recogió para siempre en su seno, entristecida el alma y trémulos de gratitud los labios…

Después de su paso por la St. Andrew’s Scotch School comienza la culminante labor, la que señaló su vigorosa personalidad: la de un gran benefactor que supo cumplir, acaso como ninguno, el hermoso precepto que respalda al título eminente de “Master of Arts”, con las austeras palabras del consejo ennoblecedor:

“Nunca necesitarás trabajar para vivir, pero sabrás honrar la vida trabajando”.

Puedes leer aquí: Buenos Aires English High School, la Escuela del Fútbol Argentino.

(Extracto del libro Alumni, Cuna de Campeones y Escuela de Hidalguia por Escobar Bavio).