Quien fue el Primer Presidente de Boca Jrs

Siempre existen dudas sobre quiénes fueron los fundadores de los clubes. Las informaciones no siempre son lo precisas que las circunstancias obligan y dejan margen a la confusión. Boca Juniors no está ajeno a esta situación.

Puedes leer aquí: Como nació Boca Juniors, Su Fundación.

Según algunos escritos, el primer presidente fue Don Luis Cerezo y para otros fue Esteban Baglietto. En aquella memorable asamblea realizada en la plaza Solís, el 5 de abril de 1905, fue designado presidente del nuevo club el joven Esteban Baglietto. A los nueve días de haberse hecho esta elección, fue reemplazado por Don Luis Cerezo.

En el club se reconoce como primer presidente a Esteban Baglietto, lo que hace que lleve el grato honor encomendado. Toda la confusión se origina en que aquellas primeras decisiones tueron comunicadas por vía oral.

Jaime Sarlanga. La Piraña de Boca

«En Boca es tradicional el centrodelantero metido a manera de cuña, penetrante, veloz y de shot violento. No soy un Varallo, un Bernabé, un Masantonio o nada que se parezca a otros «cañoneros». Mi forma de jugar quizá se asemeje a Zozaya».

Así define su forma de juego Jaime Sarlanga en el momento que se concreta su transferencia al club de la ribera, abandonando la estupenda delantera que tuvo Ferro Carril Oeste por los fines de la década del treinta, junto a Gandulla y Emeal. Y en esa afirmación está la duda en la que cayeron los boquenses cuando se compró a “Piraña”.

Puedes leer aquí: Quien fue Severino Varela. La Boina Fantasma.

¿Cómo podía ese hombre delgado, elegante en el modo de moverse por el campo de juego, solucionar el problema de gol que tiene el equipo desde hace tiempo y que le corta sus posibilidades? Boca, lo que necesitaba, era un goleador al estilo Varallo, o Benítez Cáceres. Se equivocaron todos los que pensaron de esta manera.

Sarlanga fue la solución para un ataque que neceitaba im. periosamente la inyección revitalizadora de un hombre metedor. En las 9 temporadas que estuvo en Boca convirtió 115 goles en 190 partidos. Pero además fue el símbolo del Boca aue en la década del ’40 se caracterizaba por su fervor y su fuerza en los «contrapuntos» con equipos más dotados técnicamente, como «La Máquina» de River, o el quinteto de San Lorenzo en el ’46. Es el estratega de los xeneizes, el hombre que le pone riendas al vértigo de su equi. po, el armador indiscutible, el que se desmarca constantemente por todo el frente del ataque en busca de claros.

Hábil en al manejo del balón, no tenía ningún problema para manejarlo con cualquier perfil, pero prefería volcarse hacia la derecha para entrar más armado del área.

Comenzó como jugador en Defensor y Sportivo Delta de Tigre, para enrolarse en la quinta división de Tigre. Tres años estuvo en el club de Victoria y debutó en primera división en 1935 en un match ante Independiente, convirtiendo un gol. Después, los primeros brillos de gran delantero en Ferro Carril Oeste, donde integra aquella famosa delantera “’verdolaga’”: Maril, Borgnia, Sarlanga, Gandulla y Emeal.

Tres temporadas en el conjunto de Caballito y el pase a Boca Juniors, donde alcanzaría la consagración.

Debuta en Boca en la primera fecha del campeonato de 1940 y causa en una primera instancia algo de desilusión. Integra esta alineación: Estrada; Ibáñez y Valussi; Viana, Angeletti y Suárez; Tenorio, Carniglia, Sarlanga, Gandulla y Emeal. No es ariete obsesionado por el gol, sino el hombre que prefiere las maniobras combinadas a la definición contundente y espectacular.

Es un hombre de área, ágil. escurridizo, que culminaba la jugada en gol, con sutileza, tranquilidad para definir con sobriedad. Con el correr de los partidos esa primera impresión cambió por el afecto, primero, y la idolatría después. Pero siempre la desconfianza y la necesidad de un «cañonero».

Vienen nuevos centrodelanteros que como era tradición fracasan. Viene Laterrara, con buenos argumentos en Estudiantes de La Plata, sin poder borrar la presencia de ese gran jugador. Después Lijé, un habilidoso de Ferro, que tiene el mismo final. Siempre queda la presencia de “Piraña’” en el centro “del ataque.

Según su opinión, su mejor año fue el de 1940, justamente el que lo tuvo como el hombre más positivo del ataque campeón. Veinticinco fueron los tantos que conquistó esa temporada. Pero la delantera que más se recuerda es la que integró por el ’43 y ’44 cuando se coronó campeón en ambas temporadas. Compartía con Boyé, Corcuera, él, Varela y Sánchez un quinteto de excepción. Según «El Atómico», «Sarlanga fue mi mejor insider. El fue el que mejor explotó mi velocidad con sus cortadas».

Fue titular hasta 1948 cuando jugó sus últimos partidos para Boca. Vinieron Geronis, Amalfi Yeso, pero nadie lo sacaba del puesto. El 19 de septiembre de ese año, en un conjunto donde aún brillaban las figuras del gran bicampeón de la década del cuarenta, vistió la casaca azul y oro por última vez. Boca perdió 2 a 1 con Independiente; él convirtió el gol, formando el equipo de la siguiente forma: Vacca; Marante y De Zorzi; Bendazzi, Pescia y Vilanoba; Boyé, Sarlanga, Yeso, Ricagni y Gómez Sánchez. Dos años más de fútbol activo en Gimnasia y Esgrima La Plata junto a Pío Corcuera, y el retiro definitivo. Después fue el encargado de remplazar a Ernesto Lazzatti en la conducción del equipo en 1955, pero no satisfizo. Era un hombre callado, de pocas palabras, sin el carácter para orientar un grupo, fue absorbido por los negocios.

El 23 de agosto de 1966, cuando sólo tenía 50 años, la muerte se lo llevó para siempre. En el recuerdo de los boquenses quedó esa historia de nobleza, valentía y calidad.

Quien fue Severino Varela. La Boina Fantasma

Nadie podrá olvidarlo. Ni los hinchas de River. No es para menos. Ese insider que jugaba con boina blanca se convirtió en el verdugo de los “millonarios” en tiempos que los clásicos entre los dos gigantes del fútbol argentino alcanzaron su máximo apogeo futbolístico. Eran los duelos entre la técnica de la delantera famosa y reconocida por todos como “La Máquina” y la garra y efectividad de los xeneizes en un equipo no tan vistoso, pero muy regular. Sólo en uno de los seis enfretamientos que tuvo con los muchachos de la banda roja no convirtió goles.

Puedes leer aquí: Porqué algunos jugadores usaban boinas.

Fue en la primera rueda del cuarenta y cinco, cuando volvió al primer equipo luego de una lesión. La especialidad de Severino Varela fue hacerle goles a River.

El más recordado de todos es el que logró el 26 de se. tiembre de 1943, Carlos Sosa había desbordado por la derecha y despidió un remate que planeó toda el área. Superó a Pío Corcuera y Ricardo Vaghi y sorprendió al indeciso arquero Lettieri y parecería que se perdería sin sentido. Pero en una fantasmal aparición, Varela se arrojó en palomita, conectó el balón y decretó el triunfo que aseguraba la con: quista de una nueva estrella. Algún cronista lo calificó como el «golazo del misterio». Al final del partido un grito atronador bajó de la tribuna: «¡Se-ve.ri-no! ¡Se-ve-ri-no!»» El ídolo había surgido en toda su dimensión.

Pero ya le había convertido otro en la primera rueda, cuando los millonarios se alzaron con la victoria por 3 a 1. En el ’44 convirtió otro con el cual empató un partido que ganaban los millonarios por la mínima diferencia. Otro cabezazo, con la sutileza de hacer picar el balón en el piso para descolocar al golero Soriano, definió otro importante clásico donde se ponía en juego la posesión del título. El último, en el ´45, segunda rueda cuando Boca mantenía rasgos del regular equipo bicampeón.

A su llegada, Boca tenía una fórmula tan simple como contundente. Centro de Sosa, cabezazo de Boyé y gol.

Con los partidos, la fórmula se mantuvo pero era: centro de Sosa, cabezazo de Varela y gol. Claro que, además de su gran condición de cabeceador, con buen sentido de la ubicación para el impacto, era hábil en el manejo del balón, buen gambeteador, guapo, infalible en la ejecución de los tiros penales y de gran precisión en el remate.

Fácil de identificar porque usaba boina blanca, que ocultaba su peinado achatado, aumentaba la atracción hacia su figura en cada jugada. Conquistó 43 goles en 3 años; 16 de cabeza, 14 de penal (no marró ninguno) y 13 de remate libre.

En Urugay formó parte de la delantera con la que Peñarol de Montevideo acaparó una gran cantidad de titulos en el final de la década del ’30. Un bajón en el ’42 hizo que lo relegaran a segunda división. Muchos dijeron que su talento para gambetear y golear era por entonces un buen recuer. do. Por 38.000 pesos y los pases de Emeal, definitivo y Laferrara a préstamo, ingresó a la entidad de la ribera.

En un primer momento se dudó sobre los frutos que podría dar esta contratación, Sucede que Varela traía en sus espaldas la leyenda de un padecimiento crónico en el nervio ciático, que se unía inoportunamente con el reuma y desgarramientos. Esos dolores desaparecieron durante los tres años en Boca, pero recortaron el volumen de su contrato.

“La Boina Fantasma” deslumbraba la tarde del domingo para a la noche partir en un vapor a Montevideo y conservar su empleo de 120 pesos. Sus goles entusiasmaron a los dirigentes que a fines de 1943 le ofrecen un contrato con cifras fabulosas, pero lo quieren toda la semana en Buenos Álires para los entrenamientos.

Su adiestramiento físico consistía en una caminata diaria de 30 cuadras y alguna prácti. ca suave en el equipo Miramar de Montevideo. »El Gallego”, como le decían en la intimidad, se miró en el espejo, vio sus sienes canosas, recordó que ya pasaba los treinta años y se dijo para sus adentros: “El sueldo de 120 no lo dejo, e, para toda la vida”. Y volvió a jugar con un contrato que no reflejaba su entrega en la cancha. Otro título en el ’44. Pasa el ’45 y se siente cansado. Las piernas, antes veloces, ya no responden en la forma deseada.

Boca le extiende un cheaue en blanco para que él ponga las cifras que crea vale su juego. Humilde como siempre, devuelve el documento: “No quiero llevarme la plata que no puedo ganarme». Retorna a Peñarol de Montevideo luego que la entidad xeneize le otorga el pase en blanco.

Se va Severino. Se resiente el andamiaje ofensivo. Atrás queda la leyenda de los boinazos. La que nadie puede olvidar.

Natalio Pescia

No existían los renunciamientos de ninguna indole para él. Era fuerte, aguerrido, propietario de un espíritu inclaudicable, capaz de convertirlo en el dueño del equipo por el rigor de su avasallante personalidad.

Tenía los atributos técnicos como para que la tribuna no lo enjuiciara por “tronco”’. Pero él se destacaba por su incansable despliegue, persiguiendo a los delanteros que ganaban su espalda, o empujando a su equipo hacia la meta rival. Marcaba en toda la cancha; cuando obtenía el balón lo trasportaba sin desmayos hasta la zona donde estaban sus delanteros. Además fue uno de los defensores más respetados y admirados. por los atacantes adversarios.

No lució otra camiseta de club que mo fuera la azul y oro. Ocupa uno de los lugares de privilegio que brinda la idolatría. Su nombre completo es Natalio Agustín Pescia.

Nacido el 1 de enero de 1922, llegó a la sexta división de Boca en 1936. Llegaba al club cruzando el Riachuelo en el clásico bote guiado por un genovés. El auería ver al club de sus amores. Quizá, allí nazca la razón de su entrega total en la cancha. En el sentimiento hacia la institución. Un delegado, de los muchos que transitaban los notreros en busca de nuevas figuras, lo vio jugar en el Viena de Dock Sud, uno de los conjuntos amateur más prestigiosos de la zona.

Era el centromedio del equipo, porque era donde mejor se sentía, Donde podía jugar libremente, correr hacia todos los sectores, llevar la pelota, que era su forma de sentir el fútbo!. En forma ganadora, El renresentante xeneize lo interesó para alistarse en las divisiones menores del club, lo que aceptó sin poner reparo alguno. Como otras tantas historias, así comenzó a escribirse una de las pági. nas gloriosas de Boca Juniors.

En primera división, Árico Suárez continuaba desplegan. do su juego inclaudicable. Pa. ra Pescia fue uno de los mejo. res halves que conoció en su vida. Muchos fueron los elementos que aprendió del regular half español. Lentamente fue quemando etapas en las inferiores, Dos años en la sexta, dos en la quinta, otros tantos en cuarta, uno en tercera y el gran día llega inesperadamente. 30 de agosto de 1942, a seis años de llegar al club, debuta en la primera de Boca por la decimaoctava fecha del campeonato oficial. El rival es Chacarita Juniors, en el viejo reducto de los «tricolores» de Villa Crespo. Ganan los **funebreros’” por 2 a 1.

Ciertamente este resultado fue para él decepcionante, ya que para un hombre de sus características, la derrota no era fácil de aceptar. Pero, por primera vez en su trayectoria futbolística, compartió el medio juego junto con quienes estaba llamado a componer una excepcional lineas de halves. Sosa y Lazzatti.

Ya no ocupaba el centro del campo. Oscar Tarrío, director técnico, le aconsejó que se ubicara en el sector ¡zquierdo de su defensa. En un primer momento se negó, pero con el correr del tiempo, lo aceptó.

A fines de 1942, cuando Boca realizó una gira por ciudades de la Patagonia e incluso por Chile, alternó con Zárraga en esa posición. Allí corrigió su tendencia a correrse hacia el centro, Ahí se ganó la confianza definitiva del técnico, que entendió que la presencia de Pescia en el medio juego ganaba en vitalidad y fuerza, compensando el déficit que en ese aspecto tenía Lazzatti, dueño éste de la tranquilidad y seguridad que concede la experiencia, virtud que el joven y promisorio valor aún no contaba entre las suyas.

Desde un primer momento, cuando se afirmó en la titularidad, se ganó el aprecio del Nr 12 gracias a su instintiva forma de jugar, no reconociendo otra escuela que no fuera la fogosidad y la entrega total. Podía ser el último defensor como el sexto delantero. Recio en cada trabada, era un jugador leal, de los que siempre van de frente.

Una sola vez fue expulsado. Fue en el partido que Boca perdió ante San Lorenzo de Almagro por 2 a 1, el siete de mayo de 1944, siendo Cossio el que tomó tal determinación. Diez años después fue suspendido por el Tribunal de Disciplina de AFA por un informe que pasó el árbitro inglés Gross, que lo acusó de haberle faltado el respeto, increpándolo por una serie de incidencias.

Cinco fueron los goles que logró en el transcurso de su carrera. El primero se lo convirtió a Maidana el 13 de mayo de 1944. El último lo conquistó el 5 de octubre de 1952. Muchos fueron los hombres que compartieron con él la línea de halves. Veteranos de gran nivel, o jóvenes aue se amparaban a la sombra de su personalidad para asegurarse de una buena performance en el primer equipo. Fue durante muchas temporadas el capitán de Boca. Era el conductor y el hombre con decisión y temple para discutir con un árbitro la sanción de un penal o de una infracción inexistente,

Fue campeón con Boca en el ’43 y ’44 y en 1954, cuando fue el abanderado de un equipo que tardó diez años en abra. zarse con un título. Allí también integró una línea media que está recordada como las mejores que han transitado las canchas porteñas: Lombardo, Mouriño y Pescia.

Para los boquenses fue **El Leoncito”. Para los extraños fue el león de la Boca, Un jugador de sus caracteristicas que a simple vista su físico se empecinaba en negar esa condición no podía faltar a la selección nacional.

Doce fueron las veces que defendió los colores celeste y blanco ese hombre que medía 1,68 y pesaba 68 kilos, que parecía agigantarse su pecho cuando se iniciaba el partido y aumentaba su impresión de endeblez con sus medias caídas y la calvicie que se pronunció con los años.

El 9 de mayo de 1951 la selección argentina cayó hidalgamente ante los ingleses en Wembley. La figura de la cancha fue Rugilo, pero Pescia no le fue en zaga.

Para los británicos siempre quedó en el recuerdo ese “»petiso, chueco, pelado’” que dejó hasta la última gota de sudor por dar vuelta un marcador. Así, como siempre. Con una sola meta, el triunfo. Por eso fue garantía “El Leoncito” Pescia.

¿Por qué al América le dicen Águilas?

En el año 1938 se incluyó dentro del escudo del América de México, la figura de un águila que tan solo permaneció alli por 3 años hasta desaparecer.

Este sentido de idenficación con el ave, no obtuvo popularidad entre su público y es este el motivo del corto tiempo de duración allá por los finales de la década de 1930.

Puedes leer aquí: Porqué el Club América lleva esos Colores y su Primer Vestimenta.

Recién en 1981, el presidente de la institución Emilio Díez Barroso, introdujo varios cambios dentro del club, entre ellos, un nuevo uniforme más representativo con la historia del equipo y es aquí donde el apodo de «Águilas» toma fuerza.

El 20 de de 1981, en el Estadio Azteca, se anuncio oficialmente la nueva imagen: Las Águilas del América. Ahora sí, los aficionados hacian prppio el apodo que contó con un logotipo identificatorio.

En su primer partido como Águilas disputado al día siguiente, contra Coyotes, empataron 1 a 1.

Así comenzó la era de las Águilas que después derivó en la imagen de una mascota llamada «Cuauhtli» (palabra nahúatl para nombrar a un águila) y en un célebre himno que hace mención al ave.

«Cuando las águilas atacan,
con coraje y con fe.
Tiembla el estadio casi estalla,
cuando llegan al gol.

América, América
Estoy contigo oye mi corazón.
América, América
No te detengas tú serás el campeón.

Águilas, vamos sigan adelante,
al ataque final.
Con mucha garra y con entrega,
nadie los detendrá.»